las ventanas lloran.
El corazón se encoge y oculta
en algún rincón del alma rota.
No queda rastro de locura,
ni de ira, ni de miedo u otra cosa;
ya solo queda el silencio
y las espinas de una rosa.
Siento un buitre orbitarme
y mi piel pudriéndose lentamente,
pero la mente sigue incansable
indiferente a los trucos de la muerte.
Un pitido extraño me enreda el pelo
y los pulmones me sofocan,
una hiena me hunde el pecho
y mis dos hombros se rozan.
Ensayé años mis últimas palabras
por trascendencia entre los hombres,
y cuando sentí un filo en las entrañas
solo alcancé a decir tu nombre.