Este fue mi altar; mi ofrenda, mis lágrimas.
La jaula de mi confinamiento.
Arrodillada frente al pozo miserable
con una pena irreplegable
y un desgarre en el pecho.
Pidiéndole a Afrodita entre plegarias
por mi corazón insatisfecho,
que dejaras de hurgar entre las vísceras,
que dejaras de abusar de tu derecho.
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